miércoles, 13 de febrero de 2008

La pata de Conejo

Él, cuando bajaba de la cama, apoyaba primero su pie derecho sobre el suelo, el metodismo con el que realizaba cada una de sus acciones era desmedido; doblaba sus cobijas azules, exactamente por el medio al igual que las desgastadas sábanas, y después sobreponía el cobertor.

Se dirigía a la cocina pisando las mismas baldosas que pisaba siempre; sacaba de la nevera la leche, los huevos, se daba media vuelta y, del cajón inferior izquierdo, de color blanco y desgastado por los años, sacaba un pequeño paquete de tostadas. Ponía el mismo plato resquebrajado, en el lugar que señalaba el norte en su comedor de cuatro personas, y tranquilamente tomaba su desayuno.

Su apartamento de escasas divisiones, se encontraba adornado con dos o tres cuadros de figuras religiosas. En el dintel de la puerta principal, una herradura oxidada colgaba de un clavo mal puesto y al lado derecho, hacia el ángulo perpendicular formado por el marco de la puerta y la pared, una escoba invertida recostada para ahuyentar las visitas no deseadas.

La ducha tomaba alrededor de 15 minutos, el mismo tiempo que tomaba en vestirse. Sobre el nochero, situado a un lado de su cama, se encontraban sus amuletos; una pata de conejo, dos escapularios y una cadenilla de oro con un pequeño portarretrato que en su interior, contenía la imagen de su difunta esposa.

Victorino, obrero de profesión, tomaba el bus a las siete y quince de la mañana dos calles abajo de donde vivía. Veinte minutos más tarde, arribaba a su lugar de trabajo, un edificio nuevo de 22 pisos de altura, con toda su estructura ya formada y próximo a finalizarse. En el piso 13 se encontraba él, elaborando los acabados que conformarían la totalidad de aquel peldaño, los materiales se los hacía llegar su compañero de trabajo desde el primer piso por medio de una pequeña grúa, que enganchaba a una cadena un cuadro de madera, que servía como base para elevar los insumos.

El ataúd que ahora resguarda su cuerpo, es de color blanco; a Victorino le penden aún de su cuello sus amuletos, que se le ven bien con la palidez de su cara; Mientras que él, descargaba del cuadro de madera que arrastraba la grúa, dos cubos llenos de cemento, que le servirían para terminar sus labores, su cadenilla de oro, junto con la pata de conejo, se engancharon de la grúa, y al elevar la misma, Victorino, el pobre Victorino, quedó colgando de la máquina, en el piso trece.

por: Alejandro Gómez Jaramillo